Carta a mi esposo

Esta carta la escribí justo hace un año, para el día de San Valentín y afortunadamente sigue más que vigente, por eso hoy quiero compartirla de nuevo, a modo de reflexión y con un cierto toque meloso y hasta cursilón.

Antes que nada debo confesar que siempre he sido muy grinch para este tipo de celebraciones, creo que más a modo de auto-protección, evitando la vulnerabilidad propia a la que uno se somete en estas fechas. La excusa que siempre he usado es que me parece por un lado, demasiado cursi y por otro lado demasiado comercial. Te inyectan con la culpa de tener que comprar algo para poder demostrar afecto. He sido testigo de compras desesperadas de última hora porque si no le doy un regalo en San Valentin ayayay!!! en fin, con el tiempo he aprendido a verme las cosas desde otros ángulos a ver que tal se ven y este año he decidido hacerlo desde el punto de vista reflexivo y de auto-observación y es que, hace poco recordé la frase que un amigo escribió y que textualmente decía:

“Emigrar es el único catalizador capaz de poner a prueba cualquier relación de pareja: o te une o te destruye.”

Sin duda alguna, vivir una experiencia migratoria en pareja te ofrece la oportunidad de comprender el rol que cada miembro juega en una relación y apreciar detalles que en otro momento serían tal vez imperceptibles. Afloran aspectos de la personalidad de cada quien que intensifican todos los colores, sonidos, texturas y aromas que conforman una relación.

Hoy, más que nunca compruebo lo afortunada que soy y a casi 10 años de habernos conocido y a pesar de todo lo difícil que te lo puse, no puedo más que darte las gracias.

Gracias por cada silencio, por cada mirada, por cada palabra de aliento, por tu apoyo incondicional y tu paciencia. Por soportar mi impredecible humor y mis chistes malos. Por tus preocupaciones y desvelos. Por mis domingos en pijama, sin bañarme y con el maquillaje del día anterior. Gracias por comer con gusto la misma comida preparada del mismo modo cada semana. Por alabar mis arepas quemadas y mi pollo con exceso de sal. Por lavar mi ropa y fregar los platos. Por dejarme dormir hasta pasadas las 10 de la mañana los fines de semana y aunque tu estés despierto desde temprano esperarme para desayunar. Por las hamburguesas de los sábados con sus correspondientes patatas fritas. Por renunciar a tener la razón más de una vez. Por las risas y por las lágrimas. Por las cosquillas y los abrazos. Por todas las veces que me has dicho que si. Por compartir mis locuras y desaciertos. Por el azúcar en mi café aunque se te olvide removerlo y por haber aprendido a leerme la mente hasta en un 95%.

Gracias por quedarte conmigo en mis más insoportables momentos. Por quererme cuando ni yo me aguanto y por confiar en mi. Por tomar mi mano y sostenerme cuando siento que desmayo. Gracias por estos 10 años de esfuerzo incansable y sostenido enseñándome a diario de que está hecho el amor.

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