pizza, cuello tortuga, enfados, rabietas y pataletas (las mías)

Hace algunos días amanecimos todos con unas ganas irrefrenables de comer pizza. Mi hijo mayor propuso llamar para que la trajeran a casa, pero como siempre estoy encerrada me apetecía salir y ver la luz del sol. Era un hermoso día de primavera, cielo despejado, temperatura fresca. Como no planeaba llevar abrigo, decidí ponerme un suéter, no muy grueso pero de lana, no muy grueso pero cuello tortuga.

Como no tenemos coche (aún) nos fuimos a la parada del bus, pero llegamos un minuto tarde y el próximo llegaba en 25 minutos así que propuse caminar hasta la pizzería, a fin de cuentas nos quedaba a 20 minutos andando y así lo hicimos, pero el suéter que llevaba puesto era delgado pero de lana y cuello de tortuga, así que muy pronto empecé a sentir calor. Deseaba con ansias llegar, sentarme y refrescarme. Cuando finalmente llegamos mi sueño dorado de aire acondicionado se desvaneció en un instante. Me atrevería a decir que incluso tenían prendida la calefacción y yo llevaba puesto un suéter no muy grueso pero de lana y cuello tortuga. Me percaté que nadie más parecía inconforme así que respiré profundo y me senté. De seguro un refresco bien frío cambiaría el panorama, ya casi podía saborear la bebida. Le pido a la chica el vaso más grande de refresco con bastante hielo para encontrarme de frente con un “ohh cuanto lo siento, hielo no tenemos” ok, ya me estaba empezando a alterar, pero estaba sola en mi sentimiento, los demás parecían estar disfrutando el momento así que intente quedarme quieta (para no generar más calor y evitar el molestoso roce del bendito cuello tortuga) llegó nuestra pizza y como era de esperarse, la masa era demasiado fina, estaba demasiado caliente, me quemé la lengua y la mitad del queso quedó adherido en la servilleta, fue en ese momento cuando finalmente manifesté mi descontento con su respectiva pataleta, en el que por cierto, nadie me acompañó.
Quiere decir que mi molestia no es válida por el hecho de que el resto no la experimentara igual que yo? pues no, porque nadie llevaba un cuello tortuga de lana y aunque alguien más lo hubiese llevado, nuestra tolerancia sensorial no es la misma.
Las pataletas, rabietas o enfados de nuestros hijos, son expresiones de molestia, de inconformidad, y son tan válidas como las nuestras. No porque sean pequeños o no las entendamos tienen menos importancia. Validémoslos, conectemos con ellos para que luego no sean ellos los que tengan que desconectarse de sus propias emociones, de sus sentires y sus necesidades, para terminar acostumbrándose o resignándose a lo que no les gusta o les molesta. Una etiqueta, una costura, un cuello tortuga pueden ser razones válidas de incomodidad. No los ridiculicemos, no los ignoremos. Los adultos también hacemos pataletas y es que todos, en algún momento sentimos molestia, inconformidad o frustración, pero para poder acompañar a nuestros hijos es imprescindible aprender primero a reconocer y gestionar nuestras propias emociones, nuestras propias carencias y necesidades.
PD: la semana siguiente mi hijo mayor propuso nuevamente comer pizza pero esta vez sí le hicimos caso y la pedimos para comer en casa. La mejor pizza que me he comido. 😉

Ivette Aguirre
Mamá, Diseñadora Gráfica,
blogger y community manager
@mamiacolor
mamiacolor@gmail.com
mamiacolor.es

 

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