Tardes de Domingo

Era una tarde de domingo como cualquier otra. Tendría unos 6 ó 7 años y mi yaya (mi abuela paterna) me llevó aparte del resto de mis primos.

Hasta los 13 años vivimos en casa de mis abuelos maternos y los fines de semana lo pasábamos con mis yayos (mis abuelos paternos). Eran fines de semana de parque, bici y juegos sin límites. De consentidura absoluta, de sandwiches de chocolate y bocaditos de queso y mermelada. Eran fines de semana perfectos en los que podía jugar con mi hermano y mis primos, todos contemporáneos. Pero ese domingo fue distinto. Ese domingo, sin que los otros se dieran cuenta, mi yaya me llevó aparte. Entramos en un pequeño cuarto y cerró la puerta.

Me tomó la mano y me dijo: “tengo solo uno… no tengo para darle al resto de los chicos, así que no les digas que te lo he dado a ti”

No puedo recordar que fue lo que me dio. Por más que lo intento, no logro encontrar en ninguno de los rincones de mi mente ese objeto tan preciado del que yo habría sido merecedora. Lo que si recuerdo con extrema claridad es su rostro, sus ojos mirándome mientras me decía muy bajito, como para que nadie la escuchara, que era yo su elegida. Ese sentimiento de complicidad que tal vez no percibí en ese instante pero que se quedaría conmigo para siempre. Pequeños detalles que parecen irrelevantes y que a veces pasan desapercibidos, pero que a los ojos de  un niño representan estima, pertenencia, cariño. Estoy convencida que lo mejor de un regalo no es el objeto material en sí, sino la energía que procede de quien lo da y todo lo que ese momento de entrega representa más allá de la fisicalidad. Un instante mágico en el que el significado detrás del obsequio traspasa la barrera de lo material y se convierte en un recuerdo que perdura a través del tiempo.

Tantísimos años después no puedo evitar pensar que mi abuela hizo lo mismo con el resto de sus nietos.

Carmen tenía una dulzura poco usual y una sensibilidad fácilmente perceptible. Solía usar técnicas nada convencionales para enseñarnos a no tener miedo. No recuerdo haberla visto llorar jamás. Las circunstancias y tal vez el frío desolador de la guerra habían hecho de ella una mujer extremadamente fuerte, con un sentido de la justicia muy marcado y unas convicciones bien definidas.

Lo que si recuerdo es su sopa de fideos y garbanzos, sus tortillas de patatas, sus rosquitas de anís y su constante ir y venir a la cocina. Creo que nunca se sentó a la mesa con nosotros. Hoy comprendo que cocinar y atendernos era su manera de mostrarnos su afecto.

Siempre independiente y autosuficiente, no podía concebir la vida sin trabajar. Su mayor preocupación era llegar a convertirse en una carga para los demás. Pero la providencia tenía otros planes y es que, cuando te haces a un lado para dedicar tu vida a servir a otros, la mente inconsciente, inevitablemente busca el equilibrio.

Un buen día el Alzheimer comenzó a visitarla para quedarse con ella hasta el final de sus días.

Se fue sin recordarnos, pero yo nunca la olvidaré. Veinte años más tarde no puedo evitar pensar y sentir que quedaron muchas cosas por decir y hacer, sobre todo porque, al igual que ese pequeño gesto que aún conservo en mi memoria, puede que algún detalle, una palabra, una simple demostración de afecto hubiese podido cambiar el curso de su historia, pero las cosas son como deben ser y hoy no puedo más que agradecer la maravillosa herencia que me ha dejado, su compañía constante, su apoyo incondicional y todo lo que sigue haciendo por mi, porque mientras su sangre siga corriendo por mis venas estará conmigo, visitando rítmicamente cada latido de mi corazón.

 

Ivette Aguirre
Mamá, Diseñadora Gráfica,
blogger y community manager
@mamiacolor
mamiacolor@gmail.com
mamiacolor.es

 

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