¿Por qué gritamos?

No lo puedo evitar! pierdo la paciencia! siento que exploto y no lo puedo controlar!

¿Cuántas veces habré oído estas afirmaciones de boca de otras madres y  de la mía propia?

Yo misma solía gritar todo el tiempo. No me agradaba y sentía que me agotaba de más estar en esa gritadera constante, en ese círculo vicioso de grito – sentimiento de culpa, pero era la única manera de que me hicieran caso. Hasta que me di cuenta de varias cosas:

1.- Los niños me hacían caso en el momento, más por susto que por otra cosa y luego volvían a repetir las conductas por las cuales les había reprendido.

2.- La mayoría de las veces tenía reacciones desproporcionadas con relación a la actividad por la que estaba gritando.

3.- Mi nena comenzó a jugar a los gritos con sus muñecas o amigos imaginarios. Jugaba a gritar y me decía “mira mami, así como tu el otro día”!

Entonces me di cuenta que tenía que parar. Que debía tomar otro camino. Era hora de cambiar.

Si hay algo que he aprendido de la maternidad es la observación. He aprendido a cuestionármelo todo, hacerme preguntas y observarme. Observar con detenimiento mis reacciones frente a mis pequeños y tratar de entender lo que a través de sus acciones y comportamientos tratan de decirme de mí misma. Muchas veces proyectamos nuestra propia ansiedad, preocupaciones y stress sobre los pequeños. Así que comencé a trabajar en mí. A tomar nota de las razones por las que gritaba o reprendía y me di cuenta de que casi siempre eran tonterías que no justificaban mi reacción, entonces, por qué me molestaban tanto? Seguí hurgando y fue entonces cuando pasé a desarrollar algunas preguntas muy sencillas que me resultarían de gran utilidad:

1.- ¿Qué estaba haciendo el(la) niño(a)?

La respuesta a esta pregunta me permitía determinar qué tan desproporcionada había sido mi reacción. OJO: los gritos en situación de extremo peligro pueden ser útiles para crear el estado de alerta. Gritas para alertar y luego explicas que no se debe meter el alambre en el toma-corriente, sin embargo hay ocasiones de peligro en los que un grito puede ser desencadenante de una reacción no deseada, de cualquier manera, ya sabréis que no es este tipo de gritos a los que hago referencia en este post.

2.- ¿Qué estaba haciendo yo?

Por lo general, solemos perder la paciencia si estamos haciendo algo. Si estamos ocupados, pero no solo en alguna actividad física sino también mental.

3.- ¿Qué sucesos significativos afectaron la dinámica familiar o personal en los días anteriores recientes?

Hay eventos y circunstancias que nos afectan tanto psicológica como emocionalmente y tienden a ocupar nuestra mente más de la cuenta. Si atravesamos por desafíos económicos, de pareja u otra circunstancia que produzca preocupación, ansiedad y/o desasosiego es probable que actuemos de manera reactiva.

4.- ¿Qué tanto he descansado/dejado de dormir?

La falta de sueño, al menos en mi caso, suele conducir a estados de conciencia alterados. Mi percepción de las cosas suele distorsionarse y tiendo a estar irritable y de mal humor.

5.- ¿La misma situación o comportamiento de los niños ha tenido la misma respuesta siempre de mi parte o hay ocasiones en los que no pareciera molestarme?

Muchas veces, nuestros hijos hacen ciertas y determinadas cosas ante las que usualmente somos tolerantes e incluso aprobatorios y de repente y sin previo aviso nos enfadamos, reñimos y gritamos por “eso” que en otras ocasiones pasábamos por alto o no dábamos importancia. Es entonces cuando nuestros pequeños se confunden y no entienden porqué algunas veces lo que hacen molesta y otras no. Creo que ésta en particular es una de las pruebas más claras de que los gritos y enfados son nuestros, muchas veces consecuencia de nuestro propio estado de ánimo, preocupaciones y estrés y no tanto a causa de un “mal comportamiento”.

Habiéndome hecho estas preguntas ya podía tener una idea clara del por qué de mis reacciones. Usualmente no gritamos por lo que hace el niño. Todos los niños son, unos más, otros menos, inquietos. Quieren explorar, descubrir, necesitan estar en movimiento. Necesitan ser vistos, reconocidos, acompañados. Necesitan la contención emocional del adulto. Son seres pequeños pero con una alta capacidad de percepción, cuando gritamos el niño percibe nuestro enojo pero no entiende nuestras palabras, no comprende qué ha hecho “mal”, pero tiene la certeza cuando mamá o papá no están mentalmente presentes y ahí está la clave. Cuando nuestra mente divaga y se halla perdida en las culpas del pasado, se engancha en lo que pasó, lo que pudo haber sido pero no fue, o en la ansiedad del futuro, en las preocupaciones del porvenir, nos perdemos del instante presente en el que el niño vive, que es el único tiempo que de momento conoce. El niño, al intentar sacarnos de esos estados mentales distorsionados puede encontrarse con nuestra resistencia a abandonar esa ilusión a la que nos enganchamos y aferramos con tanta fuerza.

Si algo me han enseñado mis hijos es a intentar conectarme más con el presente. Con ese instante infinito que es ahora, sin pasado, sin futuro, y en esa medida mi mente logra serenarse para alinearse con mi espíritu y la niña que una vez fui.

Confieso que, aunque en menor medida, aún tengo reacciones desproporcionadas de cuando en vez, pero soy capaz de atenderlas y atenderme rápidamente, de hacerme consciente y responsable, de pedir disculpas y reconocerme ausente cuando se me necesitaba “presente”.

Nuestras reacciones nos pertenecen, son nuestras y de nadie más. No hay otro afuera que nos haga enojar, es nuestra decisión la que determina cómo tomaremos un evento externo. En la medida en que estemos en paz y conectados con nosotros mismos,  percibiremos y reaccionaremos al afuera con mayor serenidad. No digo que sea una tarea sencilla, pero sin duda nos permitirá disfrutar de relaciones sanas y fortalecidas, no solo con nuestros hijos sino con quienes nos rodean.

Hay un dicho a mi modo de ver muy sabio que reza:

“Tenemos dos oídos y una boca, usémoslos proporcionalmente”.

Hay muchas técnicas, mecanismos y herramientas para bajar el volumen, sin embargo creo que ninguna terapia tendrá resultados a largo plazo si no trabajamos en nosotros mismos, si no nos empezamos a hacer preguntas, ¿Por qué hago esto? ¿qué siento? ¿qué me pasa? ¿qué quiero? ¿qué vengo arrastrando tal vez desde la infancia o de otras relaciones que no me permito soltar? ¿necesito tener el control? ¿necesito dominar? ¿me siento dominado(a)? ¿siento desafiada mi autoridad? son muchas las interrogantes que nos podemos plantear, en la medida en vayamos encontrando nuestras propias respuestas, en la medida que nos vayamos aclarando internamente, aclarará también el afuera.

 

Ivette Aguirre
Diseñadora Gráfica, blogger y community manager 
@mamiacolor
mamiacolor@gmail.com
mamiacolor.es

2 thoughts on “¿Por qué gritamos?

  1. Muy buen post. Lo necesitaba, casualmente me está pasando que estamos en medio de grandes cambios en Nuestra familia debido a una mudanza a otro país, y la verdad es que ocupa mi mente todo el tiempo y me encontré gritándo a mi hijo por cosas que jamás hubieran desatado esta reacción en mi. Y me siento fatal luego de que esto sucede y estoy consciente de que es consecuencia de mi estrés pero esto no es excusa está mal y debo cambiar eso

    1. La migración suele remover muchas cosas, es un proceso sumamente desestructurador y es que, sientes como si te quitaran el suelo bajo los pies. Es difícil mantener la estabilidad, sin embargo nos brinda también la oportunidad de redescubrirnos y transformarnos. El solo hecho de ser capaz de darte cuenta de lo que te pasa es increíblemente importante. Somos humanos, tenemos días mejores y peores, saber reconocer nuestros sentimientos y emociones es fundamental. No se trata de reprimir lo que sentimos, se trata de validar la emoción, darle su espacio y ponerla en palabras. Cuéntale a tu hijo en palabras sencillas lo que te pasa, para que él pueda entender que se trata de ti y no de él, que mamá puede sentirse estresada o triste en algunas ocasiones. Lo importante es estar atenta, reconocer esas reacciones desproporcionadas, pedir disculpas y conversar sobre ello. Mucho ánimo!

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